Encristalados


La adicción al «cristal», nombre con el que coloquialmente se conoce a la metanfetamina, adquiere cada vez más, tintes alarmantes, no sólo por sus consecuencias a corto y mediano plazo entre la población que lo consume, sino por lo que provoca en la sociedad en general, al punto de transformar de forma negativa el panorama de las comunidades en las que se arraiga.


Durante los últimos años, México se ha convertido en uno de los principales productores de «cristal» en el mundo, teniendo a los Estados Unidos como el país de destino para la mayor parte de esa producción, aunque un buen porcentaje de la mercancía se queda en el territorio nacional y es consumido por jóvenes de cada vez menor edad.


Especialmente, esta droga ha encontrado un nicho importante de consumo entre jóvenes homosexuales, quienes la utilizan como herramienta recurrente para la práctica de relaciones sexuales, hecho que se conoce como «chemsex».

El cristal no es exclusivo del sexo con sustancias adictivas pero sí es una de las más importantes, debido a que entre los efectos se encuentra precisamente el brindar mayor placer sexual y energía a quienes lo consumen.


De acuerdo con el Instituto Nacional de Salud Pública, aproximadamente 5 % de hombres que tienen sexo con otros hombres reconocieron haber usado esa sustancia para tener relaciones sexuales durante el último año, una cifra que a mi parecer está por debajo de la real, baste con ver las redes sociales para darse cuenta que de un tiempo a la fecha, es muy común encontrar quien busca pareja de consumo.


El potencial adictivo de esa droga es lo que la vuelve especialmente peligrosa. Se trata de un químico que a muy corto plazo provoca daños importantes en el cuerpo, especialmente si su uso es mediante el método conocido como «slam», es decir, inyectado vía intravenosa, lo cual es más común entre gais que entre el resto de los adictos a la «meta».


Quizás uno de sus efectos más alarmantes es la facilidad con la que un usuario puede rebasar el límite de lo que su cuerpo puede procesar, sobreviniendo así un brote psicótico.

El consumidor entonces presentará alucinaciones visuales o auditivas que pueden llegar a volverlo violento.
En otras palabras, la toxicidad de la droga, combinada con su potencial adictivo, hacen del «crico» un coctel peligroso debido a que la persona difícilmente llega a poner límites, sobreviviendo así todas las consecuencias sociales que engloba una adicción de este tipo: pérdida de empleo, delincuencia, violencia, desintegración familiar, enfermedades, muerte.


La dinámica propia de ciertos ambientes homosexuales hacen también difícil la rehabilitación de estos enfermos. Se estima que más del 90 % recaen. En tanto, la mayoría de los programas de recuperación en México no están enfocados en un tratamiento basado en derechos humanos, lo que genera un clima de encono y desconfianza contra los llamados «anexos», especialmente para los adictos homosexuales.


Mientras que en países como Estados Unidos y otros de Europa, la crisis de consumo de metanfetaminas ha sido tomada muy enserio desde principios de siglo, por considerarla un problema de salud pública, en México los esfuerzos del gobierno se limitan a la actual campaña, que mediante spots publicitarios, busca inhibir a los jóvenes en el consumo de enervantes.


Este esfuerzo, si bien es encomiable, dista mucho de ser el óptimo. Principalmente porque no se centra en rehabilitar a aquellos que ya están en el consumo y únicamente estereotipa el uso y abuso de sustancias, sin revelar el verdadero atractivo que hace que muchos caigan en la trampa de las adicciones.


Me temo que en los próximos meses y años, seguiremos teniendo más noticias y cada vez más desagradables, no sólo sobre el uso del cristal, sino de todas las drogas duras.