El techo de cristal del Congreso poblano

Paridad de género es un término que los políticos actuales tienen en la boca. 

Públicamente, se suele decir que en nuestra sociedad existe igualdad, que en las legislaturas ya hay paridad de género e incluso, a la menor provocación no falta quien se adelante a utilizar el término «violencia política de género».


En 2013, gracias a la reforma histórica promovida por el expresidente Enrique Peña Nieto, se comenzaron a mover las piezas para que hoy tengamos candidaturas que forzosamente son en 50 % para los hombres y 50 % para las mujeres.


El año siguiente, el exgobernador Rafael Moreno Valle hizo lo propio en el estado, resultado de lo cual en Puebla hoy existe una legislatura que cuenta con la mitad de diputadas que de diputados, y lo mismo sucederá a partir del 15 de septiembre, cuando 20 nuevas legisladoras arriben al Congreso de Puebla, arañando así el 50 % de su integración.


Sin embargo, esta paridad no se ve reflejada en los órganos de dirección, como es el caso de la Junta de Gobierno y Coordinación Política, donde ya se anunció que de las ocho fuerzas que integrarán la LXI legislatura, sólo un espacio será ocupado por una mujer: la izquierdista Nora Merino Escamilla, quien dejará de ser de Morena para coordinar la bancada del Partido del Trabajo.


El resto de los grupos parlamentarios, empezando por Morena, pasando por el PRI y por el PAN, hasta los minoritarios PSI, Panal, Movimiento Ciudadano y Verde Ecologista, estarán encabezados por varones.


O sea que no sólo se relega a las mujeres en número sino también en importancia, al ceder la coordinación de la principal bancada -la de Morena -a un legislador que hasta hace poco gobernaba bajo las siglas del PAN, Salomón Céspedes Peregrina, (quien por cierto, hasta 2018 había sido priísta), en detrimento de una legisladora que ahora encabezará un grupo parlamentario pequeño, a manera de premio de consolación.


En feminismo esto se conoce como «techo de cristal», es decir el límite que construyen los convencionalismos sociales y culturales, para evitar que una mujer se corone en lo más alto de los espacios de poder en la vida pública, únicamente permitiéndoles alcanzar los lugares de «subjefas».


Ejemplos de lo anterior: que por primera vez vayamos a tener siete gobernadoras al mismo tiempo, que nunca hayamos tenido una presidenta de la nación, que Olga Sánchez Cordero sea la primera secretaria de Gobernación en la historia del país, o que en el Congreso del Estado ya exista equidad en la conformación de las bancadas pero que el principal espacio de toma de decisiones, la JUCOPO, siga siendo «el club de Toby».


Y es que, mientras la paridad de género no se convierta en una convicción para los partidos políticos y deje de ser una obligación que derive de reformas populares (o populistas), la participación de la mujer en la vida pública seguirá siendo una simulación, y espacios como el Congreso del Estado seguirán teniendo un techo de cristal más decorado que los propios vitrales que adornan el recinto de la 5 Poniente.