Universitarios indígenas y el riesgo de practicar una “discriminación positiva”

  • Cuando la identidad se convierte en una etiqueta, el proceso de inclusión de la diversidad se transforma en una nueva forma de segregación basada en el paternalismo.

Cuando estudiaba la licenciatura, Yasmani Santana Colín y sus compañeros solían colarse en la fila del comedor. Sus profesores lo justificaban bajo el argumento de que esos eran los usos y costumbres de la comunidad mazahua de la que proviene. “Era un acto gandalla”, ironizó, al tiempo que reprobó el paternalismo que vivió en su día a día estudiantil.

Y es que la universidad, pública o privada, permanece como un espacio de privilegio donde unos son más que otros. Las posibilidades de acceso a la educación para jóvenes indígenas oscilan entre el dos y el tres por ciento. Además del factor económico, las disparidades lingüísticas han supuesto para miles de jóvenes recibir una educación trastabillada y atravesada por la discriminación.

Desde la segunda mitad del siglo XX inició el ingreso progresivo del sector indígena a la educación profesional, particularmente al magisterio. Sin embargo: “las universidades se han centrado en construir y reproducir representaciones y conocimientos queapuntan a una mirada del mundo desde perspectivas hegemónicas”, aseguró el educador durante una exposición en la IBERO Puebla.

Para Santana Colín, la educación superior simboliza el acceso a una mejor calidad de vida. Para las personas indígenas, representa una oportunidad de acceder a los códigos de la sociedad dominante. El costo es enfrentar discriminaciones basadas más en la compasión que en la hostilidad.

Los jóvenes de comunidades se enfrentan a tratos diferenciados con una mirada paternalista. El propio Yasmani Santana lo experimentó cuando estudió la licenciatura en Educación Indígena: sus profesores fueron condescendientes con él en cuestiones de rigor académico, burocracia y relaciones interpersonales. Este efecto fue descrito por el testimonio de uno de sus colegas comodiscriminación positiva.

En muchas ocasiones, el acompañamiento a los jóvenes indígenas tiende a ocuparse de cuestiones emocionales y financieras por encima del interés académico. Para el experto, las tutorías deberían enfocarse en un apoyo pedagógico que se enfoque en las carencias educativas del joven. “Un buen acompañamiento sería decir: ‘¿te cuesta? Te voy a ayudar, y no voy a echarle la culpa a tu origen étnico’”.

El experto ha dedicado sus investigaciones a comprobar los matices de los debates sobre la escolarización indígena. Mientras que se piensa que el contexto rural genera problemas de aprendizaje, pérdida de identidad y desarraigo comunitario, la realidad refleja situaciones de mayor resiliencia y orgullo identitario. 

Además, el trabajo académico de estos profesionistas destaca por conciliar las metodologías académicas con los saberes populares. Es por ello que las nuevas habilidades profesionales son requeridas por la propia comunidad, muchas veces para fungir como puentes embajadores frente a las autoridades. En algunos casos, advirtió, la vuelta al lugar de origen puede suponer nuevas relaciones de poder.

Una de las principales demandas de las comunidades indígenas a través del tiempo ha sido la impartición de una educación intercultural. Muchas de las propuestas oficiales han derivado en nuevas formas de segregación, donde la diversidad es reducida a un perfil unidimensional. En cambio, los proyectos que han triunfado son aquellas que nacen en las comunidades desde el pleno conocimiento de los intereses y necesidades.

Como observó Santana Colín, el problema de los programas creados para estudiantes indígenas es que su oferta profesional suele acotarse a temáticas relacionadas con el manejo de territorios (lo cual, argumentan los jóvenes, se aprende en la praxis). Además, los perfiles de egreso pueden resultar ambiguos en espacios laborales urbanos.

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“Yo no creo en las universidades que se dicen interculturales. Pienso que son nuevas formas de separarnos, un tipo de neoindigenismo. ¿Por qué no nos dan la oportunidad de estudiar en cualquier universidad?”, denuncia una profesionista nahua.

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Contrario a lo que podría pensarse, la universidad no ha significado un proceso de blanqueamiento. Al contrario: ha representado un espacio de lucha donde los estudiantes indígenas se empapan de los códigos sociales dominantes para usarlos a favor de las causas comunitarias.

Comienza a observarse una apertura a la heterogeneidad de perfiles de estudiantes que ingresan a las universidades. El fin último es que las personas de las comunidades puedan subirse a la ola de la globalización para conocer y ser conocidos. Como propone un profesionista purépecha: “Necesitamos pensar un nuevo proyecto educativo […] donde todos los conocimientos de los pueblos sean considerados importantes, sin poner un conocimiento encima de otro”.