Una enfermedad incurable


Hablar de drogas en México es todavía un tabú, en el sentido de que a muchos les genera «vergüenza» la admisión del consumo de ciertas sustancias ilegales.


Para la sociedad mexicana, tener un hijo alcohólico -y ni se diga uno drogadicto -es aún motivo de señalamiento para los padres, quienes pueden sentir que fracasaron en su misión de educar a los vástagos, asumen posturas de negación o, por el contrario, se culpan por las decisiones de los jóvenes.


Y sin embargo, cada vez es más común que en cada familia haya por lo menos una persona que consume enervantes, y algunos incluso que generan grados de drogadicción tan fuertes que solo mediante la rehabilitación, pueden salir adelante, si es que lo consiguen.


Las adicciones afectan principalmente a la familia como núcleo básico, y posteriormente generan olas que, convertidas en delincuencia, maltrato infantil, violencia familiar, sobrepoblación y pobreza, alteran todas las dinámicas sociales.


Pese a ello, el gobierno no ha asumido su responsabilidad en el manejo de estos problemas, que atraviesan todos los niveles y grupos en que se divide la ciudadanía. La autoridad de los estados y los municipios en ese tema, básicamente se ajusta al otorgamiento de permisos para grupos de ayuda, centros de rehabilitación, clínicas y terapias, sin generar por cuenta propia estrategias para combatir el flagelo.


La organización Alcohólicos Anónimos es sin duda la que más ha colaborado para rescatar a personas en México de las garras de la drogadicción y la embriaguez. Sin embargo, su poca vigilancia ha derivado en abusos hacia los adictos, que todos conocemos. 


El gobierno no se da el tiempo ni el abasto, tampoco cuenta con los recursos suficientes para inspeccionar por ejemplo los llamados «anexos», lo cual permite la violación de los más elementales derechos humanos de los internos. En muchos sitios prevalece la idea  de que con golpes y con privaciones, una persona puede superar los vicios, sin entender que estos llevan un enorme trasfondo emocional que generalmente data de la infancia.

El gobierno de Andrés Manuel López Obrador ha intentado darle un nuevo enfoque al combate contra el crimen organizado, tratando de atacar el narcotráfico desde su consumo y no desde la venta, producción y traslado de estupefacientes. Sin embargo este esfuerzo es claramente insuficiente y me temo que mientras la 4T difunde millones de spots en tiempos oficiales, hay también millones de mexicanos que se enganchan cada día.


Legalmente, la autoridad nacional y las estatales deberían tener la obligación de brindar servicios gratuitos de rehabilitación en materia de adicciones, debido a que su incapacidad o corrupción ha permitido la proliferación de sustancias, así como su oferta a grupos de adolescentes cada vez más pequeños.


En este espacio nos  referimos al problema de las adicciones y no necesariamente al consumo casual de drogas, en el entendido que el uso ocasional probablemente no sea tan grave para una persona, pero sí la dependencia que posteriormente viene. Del mismo modo, no todas las sustancias adictivas pueden tratarse igual, con el mismo método prohibitivo.

La mariguana es por ejemplo, una de las drogas más comunes y no parece generar tantos problemas como los que dejan las sustancias químicas, especialmente el cristal, la cocaína, la piedra y la heroína. Por eso creemos que hace falta renovar la estrategia actual, que nuevamente califica a las drogas como «algo malo» y casi casi producto de Satanás.


Es claro que campañas como «Vive sin drogas» no han servido, porque así lo demuestra el número de consumidores que prácticamente se ha triplicado en los últimos 20 años, pese a las advertencias de una flor con los ojos rojos que a través de la televisión pedía a los jóvenes que no probaran algo que desde ese mismo momento ya les estaban antojando.


Una enfermedad incurable como el alcoholismo y la drogadicción requiere de un tratamiento «radical» que permita a los enfermos ganar un «sólo por hoy» cada día. Porque como dicen, si tú hijo tuviera cáncer no lo curarías con crema S de Ponds. Gastarías hasta tus últimos ahorros y probarías el más novedoso método para salvarlo.