Se cumplen 50 años del «halconazo», la acción militar contra estudiantes del «Jueves de Corpus»

Por: Aristegui Noticias.

Al tiempo que el minutero saltaba la frontera de la cinco de la tarde del 10 de junio de 1971, los cientos de integrantes del grupo paramilitar conocido como Los Halcones, veloces, ágiles, certeros, dejaban caer sus varas de bambú y disparaban sobre los cuerpos de estudiantes que esa tarde marchaban cerca de la Normal de Maestros, gritando consignas, exigiendo libertad y respeto a las universidades públicas.

Los miles de estudiantes del Instituto Politécnico Nacional y de la Universidad Nacional Autónoma de México que protestaban en apoyo a sus compañeros de la Universidad de Nuevo León, no tenían idea de que ese día serían víctimas de la violencia del gobierno.

No había manera de que ellos se imaginaran que esa tarde serían atacados por 998 jóvenes expertos en artes marciales, con varas de kendo, cadenas y chacos, que luego se transformarían en metralletas M-1 y M-2 y otras armas largas, aunque en la sede principal del Ejército mexicano sí sabían lo que ocurriría.

El general Hermenegildo Cuenca Díaz, titular de la Secretaría de la Defensa Nacional (Sedena), no sólo lo sabía, sino que desde una noche antes ordenó poner en marcha una operación para auxiliar a los agresores.

Los generales sabían que la orden de Los Halcones era impedir, a cómo diera lugar, que los estudiantes marcharan y dispersar con violencia la primera manifestación que enfrentaba el gobierno de Luis Echeverría Álvarez, luego de siete meses de su mandato y dos años y medio después de la Matanza de Tlatelolco 68.

* * *

Unas horas después de los hechos de violencia, el ejército difundió un boletín informativo elaborado en la Mesa de Relaciones e Información Pública de la Sección 2 (Inteligencia) del Estado Mayor de la Sedena.

Primero, hacía un análisis de las causas de la violencia, luego señalaba a quienes eran los “provocadores” y tomaba distancia de los hechos represivos: “El ejército no intervino ni intervendrá en los asuntos propios de los estudiantes”.

Ese mensaje, de unos cuantos párrafos, fue lo único que se conoció durante décadas, de manera pública e institucional, sobre el papel que tuvieron las fuerzas armadas antes, durante y después de la tarde del Halconazo.

Más tarde, se admitió que algunos exmilitares participaron en la organización y entrenamiento de Los Halcones, pero se argumentó que su participación fue una responsabilidad individual.

Esa versión empezó a fracturarse cuando entre los archivos militares confidenciales y secretos que llegaron en el año 2001 al Archivo General de la Nación (AGN) se encontraron varios oficios que contaban otra historia, a partir de los cuales el autor publicó en la hoy desaparecida La Revista de El Universal una primera aproximación al tema.

Hoy, 50 años después, con más y nuevos elementos, es posible documentar la historia completa: el Ejército supo con anticipación lo que ocurriría el 10 de junio y, de manera inusual, ordenó una sincronizada operación para atender en instalaciones militares a los integrantes de Los Halcones que resultaran heridos esa tarde.

El día previo. Al menos 24 horas antes de que la violencia de Los Halcones cayera sobre los estudiantes, el secretario general Hermenegildo Cuenca Díaz emitió la siguiente orden, con fecha 9 de junio de 1971:

“Agradeceré a usted ordenar que desde el día 10 del actual y hasta nueva orden se proporcione atención médica, como el caso lo requiera, al personal de los diversos cuerpos policiacos dependientes del Departamento del Distrito Federal, que con carácter de heridos sean presentados en las instalaciones militares”.

Las instrucciones contenidas en los cuatro párrafos de este oficio y de otros que obran en el mismo expediente del archivo militar revelan que el ejército no solamente estuvo enterado de lo que pasaría, sino que estableció un operativo especial que consistió, entre otras cosas, en “sellar” las principales salidas de la Capital hacia Cuernavaca, Puebla, Toluca y Pachuca, con lo que, literalmente, la ciudad quedaría aprisionada si el desarrollo de los acontecimientos lo requería.

En cada uno de los folios se establece cuáles fueron las órdenes para resguardar Palacio Nacional, una de las sedes del Poder Ejecutivo, así como una permanente coordinación con otras dependencias, como la Secretaría de Comunicaciones y Transportes.

También se detallan los movimientos posteriores del personal militar en las sedes donde durante meses se adiestró a Los Halcones.

Al día siguiente, los diarios de la época alcanzaron a reflejar algunas postales de la violencia que cubrió a la capital.

Los reporteros Jorge Áviles Randolph y Elías Chávez García publicaron en las páginas de El Universal del 11 de junio de 1971 su crónica de los hechos, en la que los siguientes fragmentos bosquejan la violencia de esa tarde en las calles de la ciudad:

Un vasto sector de la Ciudad de México se convirtió ayer en campo de batalla, cuando más de 10 mil estudiantes de distintos planteles superiores desobedecieron órdenes para disolver una manifestación que iban a realizar sin permiso oficial y, a balazos, garrotazos y pedradas fueron disueltos por nutridos grupos de mozalbetes y adultos armados, que forman la organización “Halcones”.

En la Calzada México-Tacuba, entre los cines Tlacopac y Cosmos y frente a la Escuela Nacional de Maestros, se centralizó el foco de actividad, convirtiéndose la zona en “tierra de nadie” durante más de cinco horas.

Los “Halcones”, armados con rifles M-1, M-2, pistolas, garrotes y piedras, estuvieron disparando contra todo el que se movía en esa zona.

El saldo de la terrible balacera, que provocó pánico entre los miles de familias que viven en esa parte de la ciudad, fue de más de 200 heridos; de los anteriores 50 son graves y 35 presentan heridas de bala.

A las 16:30 horas cerca de 10 mil estudiantes iniciaron su marcha hacia el Monumento a la Revolución. Desde una hora antes habían comenzado a concentrarse los grupos de universitarios, politécnicos y de otras instituciones docentes de la Ciudad de México (…).

Inicialmente salieron por la avenida de los Maestros. Lanzando porras, vivas a sus respectivos planteles y frases de repudio hacia el ex presidente Díaz Ordaz y a las actuales autoridades del país.

Al llegar a la avenida Salvador Díaz Mirón, un pelotón de granaderos salió al paso. Iba al mando el coronel Emanuel Guevara, quien con un magnavoz portátil les hizo la advertencia: les “recordamos que no hay autorización para que continúen su marcha por lo que, a la vez, les advertimos que la policía tomará las medidas necesarias para reprimirla. Los invitamos a que regresen y se disuelvan a la mayor brevedad”.

La advertencia fue opacada por un coro de silbidos y gritos y los muchachos, sin hacer caso de ella, continuaron su marcha por la misma calle.

Llegaron hasta la esquina con Amado Nervo, donde un contingente de granaderos, mayor que el anterior, les cerró el camino nuevamente.

Los muchachos empezaron a gritar: “México-Libertad” y cuando amainó la tempestad de gritos, nuevamente fueron advertidos de la ilegalidad de la manifestación y que de continuarla serían reprimidos y disueltos “a como diera lugar”.

Los estudiantes comenzaron a cantar el Himno Nacional, mientras los granaderos comenzaron a retirarse hacia las calles cercanas. Una vez libre el camino, prosiguió la marcha .

El contingente desembocó en la avenida México-Tacuba a un costado de la Normal de Maestros y cuando la avanzada de los estudiantes caminaba por la mencionada avenida, se escuchó un grito: “Halcones, halcones”.

En ese momento eran las 17:15 horas.

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