Pederastia se escribe con «p» de política


Las recientes y explosivas declaraciones del gobernador Miguel Barbosa sobre su antecesor Mario Marín Torres, volvieron a revivir un tema por muchos olvidado, respecto a la infausta administración del exmandatario priista, hoy recluido en Cancún.


En el año 2010, en plena campaña por la gubernatura de la entidad, se filtró a través de medios un audio en el que se escuchaba al exgobernador hablando con una chica menor de edad, Jessica Z, con la que Marín había tenido una relación «amorosa» cuando ella apenas contaba con 17 años y él era alcalde de la capital, es decir, en el año 1999.


La conversación era periodisticamente atractiva porque se trataba del gobernador que cuatro años antes había sido exhibido en un zoez intercambio telefónico con el empresario Kamel Nacif,  en flagrante confabulación contra Lydia Cacho, por haberse atrevido a publicar el libro «Los demonios del Edén», una descarnado retrato de la explotación sexual infantil en la Riviera Maya, que involucraba nada menos que Kamel Nacif Borge.


Desde aquellos días, Mario Marín quedó vinculado inevitablemente a un tema tan delicado y bochornoso como la pederastia, y luego, cuando salieron los audios de Jessica Z, en los que el político de cuarenta y tantos años hablaba sin desdoro de cómo le había gustado tener relaciones sexuales con una edecán adolescente -y que quería repetir-, el exgobernador «precioso» quedó ante los ojos de todos como un político pedófilo.


Aquí es pertinente hacer una reflexión sobre las relaciones románticas o sexuales entre mayores de edad y adolescentes, que existen desde hace muchos siglos y cuya óptica ha evolucionado conforme la sociedad se «civiliza». Pensemos en los antiguos filósofos griegos, que sostenían encuentros con sus aprendices menores de edad, o en el éxito de la novela «Lolita» del ruso Vladimir Nabokov, que narra la relación incestuosa y abusiva de un hombre de 40 años con su hijastra de sólo 12.


El amasiato entre mayores de edad y pubertos es un asunto que la sociedad ha tolerado de manera silenciosa, especialmente si el mayor es un hombre (o mujer) poderoso, que deslumbra con dinero o regalos a la «niña», quien se deja consentir por el adulto. La popularidad de la canción «17 años», de los Angeles Azules, y el éxito de los «sugar daddy» a través de internet, refuerzan la teoría de que en el mundo se permiten complacientemente ciertas relaciones que en realidad rayan en el estupro.


Sin embargo la revolución de los géneros, el empoderamiento de la mujer, la concientización de que un político siempre va a ocupar una posición de superioridad y por lo tanto de dominación sobre la menor de edad que se deja deslumbrar por el brillo del poder y la fortuna -lo cual lo convierte en una práctica abusiva- ha hecho que en los últimos tiempos se eleven las voces en contra de cualquier «noviazgo» entre un adulto y alguien que legalmente no es aún responsable de sus actos.


El caso de Mario Marín es sumamente ilustrativo pero también lo es el de Saúl Huerta, cuyo escándalo encaja ya no en el estupro sino en la violación sexual llana, y el de muchos otros políticos que se valen de su posición de privilegio para «conquistar» a jovencitas (o jovencitos) y de esa manera cumplir sus fantasías.


La juventud representa belleza, lozanía, seducción. Hombres y mujeres que se acercan al ocaso de su vida se han dejado deslumbrar siempre por el brillo de las nuevas generaciones y son capaces de valerse de herramientas como la política para cohabitar con pubertos.

En el fondo de esta relación se encuentra un monstruo llamado «ego» que susurra al oído del poderoso: «tú puedes, tienes el poder para tener esa carne fresca en tu cama».