Con r de respirar y renacer

Respirar es lo primero que hacemos al nacer: es un acto mecánico, inherente e inconsciente, la mayoría de las ocasiones no razonamos que es indispensable para vivir hasta que…

1, 2, 3, inhala, pausa… 1, 2, 3 exhala, pausa… repite otra vez, y otra vez, y otra vez… éste es el consejo médico cuando el oxímetro indica que tu oxigenación se reduce radicalmente y que hay un riesgo mortal.

En esta pandemia, conseguir un tanque o un concentrador de oxígeno representa un privilegio aunado al costoso tratamiento médico, pues una aspirina no basta. 

La era de la covid-19 demostró que la escasez mata y que los modelos de desarrollo social más reconocidos quedaron obsoletos. Hospitales públicos saturados, apoyos gubernamentales insuficientes, incremento de desempleo y de violencia de género imparables.

Ante el colapso del sistema, la humanidad ha mostrado su mejor rostro; la mayoría salimos a ayudar del prójimo demostrando que valores como la solidaridad, la bondad y la empatía resucitan. Así, volvemos a respirar y a renacer.

Éste fue mi caso y —estoy segura— el de muchas personas más, quienes igualmente se contagiaron de coronavirus y fueron rescatadas por los que integran su entorno social.

Cuando inicias el aislamiento por la enfermedad, todo sucede con una velocidad y una intensidad que jamás hubieses imaginado, que nunca has vivido, así que es mejor narrarlo desde el corazón y a golpe de sentimientos.

Sé que alguna vez se te ha cortado la respiración; quizás por un disgusto de esos que te obligan a contar hasta diez y a respirar lentamente; o por un susto de ultratumba, como cuando en sueños “se te sube el muerto”; o cuando se te sube un vivo y te provoca un orgasmo que te deja de súbito inconsciente.

No poder respirar bien debido a la inflamación pulmonar de covid-19 es algo muy diferente. Desde el primer momento en que te indican que necesitas oxígeno artificial, inicia una odisea con dos posibles desenlaces: morir o sobrevivir. 

No obstante, para mí, fue también en ese momento cuando surgió el milagro. Uno en el que obtuve la muestra de amor y compañerismo más grande de mi vida. Mi madre dice que nadie está obligado a ayudar a nadie, aunque de ella y de sus padres, mis abuelos, aprendí los valores humanos más nobles.

En medio de una crisis mundial en donde cada uno de nosotros está librando sus propias batallas, familiares, amigos, compañeros de trabajo y vecinos míos, se detuvieron a realizar un verdadero acto de solidaridad para mí y para mi hijo. Nos llegaron en cascada sus palabras, sus oraciones, medicinas y alimentos, tras enterarse de que yo estaba conectada a un respirador artificial. 

Fui de esas privilegiadas que consiguió prestado un concentrador de oxígeno para recuperarse desde su casa. El costo de un aparato de ese tipo sobrepasa los 30 mil pesos, lo cual, aunado a los medicamentos de dos personas, hubiera excedido mis posibilidades económicas.

Pero la ayuda llegó de muchas personas; ellas saben quiénes son. Sus acciones me ratificaron que no importa el tamaño del problema, nunca estaré sola, aunque a veces así me sienta. Desde la distancia, me sentía apoyada, reconfortada y agradecida. 

Durante ese tiempo me refugiaba en mis recuerdos y observaba por la ventana de un tercer piso pasar las nubes, ver cómo los árboles echaban nuevas hojas verdes; en los ojos de mi hijo, a quien yo misma contagié, veía la esperanza.

A él, mi hijo, le escribí una carta en marzo del 2020, que decía: “Que este tiempo en casa te haga más fuerte de mente, cuerpo y espíritu. Mira adentro de ti, conócete hasta lo más profundo de tu ser, sana tus heridas y cuestiona las creencias que yo misma te implanté junto con la sociedad”.

Año y medio más tarde de esa “Carta a nuestros hijos en la guerra microbiana”, reconozco nuevamente que la resiliencia es uno de los valores más relevantes de la humanidad; por ello debemos trabajar para fortalecerla y organizarnos como sociedad civil para dar respuesta conjunta; preparar al mundo para enfrentar los desafíos por venir, incluido el de la inminente crisis climática.

A casi dos años de pandemia, sabemos que la salud de las personas ya no se puede desligar de la salud del planeta; que el crecimiento económico de una región no garantiza la mejora de la salud de una población; que, para respirar y renacer, debemos dejar atrás el individualismo, pues necesitamos del apoyo de los que nos rodean.

Con r de respirar y renacer

Respiré la zozobra de un naufragio de mi vida.

En la cama me faltó la respiración y no fue el samurái que cambió la espada por un lienzo y un pincel lengua de gato, el que me la arrebató.

En mi regazo, hasta la muerte y el diablo, religiosamente, rezaron por mí. 

Dios nos escuchó y se rio ante tan radical y ridícula reunión.

A mí me redimió, al diablo lo regresó por el retrete con ruta al averno y a la muerte le recriminó anticipar mi resurrección.

Con rapidez, la rebeldía a mi cuerpo regresó para reconocer mi resistencia y mi renovada respiración.